enero 17, 2010

Moonlight Chapter 1.(o extracto de la vida sustantiva 6)


Lo que pasó antes de aquella noche I


Caía la navidad de 1990 cuando fue la primera vez que escuché la canción. A mis cuatro años poco podía hacer para expresar la dicha infundida por la interpretación magistral de mi abuela. El piano vibraba en todo su esplendor, la canción se perdía entre las distintas habitaciones de la casa, los sonidos rebotaban por todos lados y se incrustaban en los oídos de quienes presenciaban tal espectáculo navideño. Todos quienes compartíamos la noche buena mirábamos atónitos el actuar de una mujer de más de 60 años, de buena forma, interpretando la canción que, años más tarde, daría forma a mi carrera de pianista. Al terminar los aplausos son extenuantes y fervorosos, la señora se levanta del piso del piano y con un gesto casi imperceptible da las gracias. Acto reflejo corro en dirección a ella y le abrazo las rodillas, no son más que rodillas arrugadas y flácidas escondidas por un vestido floreado. Mi abuela me queda mirando y me pregunta: ¿te gustó Beethoven? Era la primera vez que escuchaba una palabra tan extraña, la gente en el salón se quedó mirándome a la espera de una típica respuesta capaz de sacar carcajadas del mundo adulto. Las vistas se clavaron en mi nuca y sentí una presión muy inusual, necesitaba decir algo y decirlo pronto – ¡Ah! Si, le dije. Me encanta mi amigo Beto.

Tal anécdota la contaron tantas veces en las posteriores navidades que, sin tener recuerdo alguno de dicha historia, pude recrearlos de una manera tan perfecta como si nunca en la vida me hubiese olvidado. A veces omitían detalles u otras, intentando modificar los sucesos, añadían más personajes y una conversación mucho más profunda de mi parte a mi abuela. El final siempre era el mismo. Todos riéndose a carcajadas de mi mirada perdida por la complicidad de la palabra pronunciada.

Las navidades siguientes le pedía a mi abuela que tocara una canción de mi amigo beto. Ella gustosa se sentaba frente al piano, estiraba un poco los dedos y comenzaba otra vez a dejarnos boquiabiertos. Cada año era una experiencia nueva. Al ir creciendo le fui tomando el gusto a la música clásica cada vez más. La navidad del año 1993 le pedí que me enseñara a tocar. Le abracé por la cintura y le dije: creo que si espero una navidad más, será muy tarde. Ella sonrió y volvió la mirada hacia el piano, acercó la segunda silla y me hizo sentar ahí. Con mucha paciencia y determinación me enseñó las teclas y cómo era que sonaban.

En Enero de ese año mis padres se separaron. Mi padre se quedó trabajando en la ciudad de Temuco, mientras mi madre y mi hermana se quedaron en Concepción. Ese verano lo pasé en casa de mis abuelos en santiago, aprendiendo todo lo que era posible de mi experimentada maestra. Mientras aprendía a leer partituras, también aprendí a leer letras. Así fue como descubrí que mi abuela era licenciada en música con mención en interpretación en piano. Un título muy extenso que me resumía diciendo “cuando yo tenía veinte años, daba conciertos por todo el mundo, era una pianista sin igual”.


La vida se me pasó entre el piano y los libros del colegio. Mientras mi abuela me enseñaba las notas, las letras, las materias diversas, yo resplandecía en las diversas disciplinas de la colegiatura. Era un hijo modelo, con padres a 600 kilómetros de distancia, sin más que una anciana de capacidades reducidas y un par de plantas sin nombre.

Me quedé a vivir con ella puesto que ninguno de mis padres me quiso reclamar. A mi corta edad, ellos me habían abandonado con sus distintos intereses y convenciéndose de que esa era la mejor opción. Nunca me sentí falto de padres o de mi hermana, jamás los extrañé o lloré por su ausencia. Mi abuela bastaba para construir mi propio camino. Era como un hijo huérfano de nacimiento, no tenía grandes recuerdos de mis padres y, por lo mismo, era más fácil crecer sin ellos que perderlos a mitad de camino.

El tiempo se me pasó en un abrir y cerrar de ojos. Mi abuela envejeció y dejó de enseñarme piano. Tal hecho no fue relevante en mi carrera, puesto que hacía más de dos años que asistía a clases regulares en el Conservatorio. Viajé con ella un par de veces a ver a sus amigos en Europa. Viajé un par de veces a conocer sus amistades en Estados Unidos. Para ese entonces mi abuela poseía mi tutela absoluta. Lo único que recibí de ellos durante los 20 años que viví con ella. Compusimos melodías, dimos conciertos a cuatro manos, creamos un sinfín de nuevas canciones para piano, de distintas dificultades y ritmos.

Al terminar el colegio me dediqué al conservatorio, a concluir mis proyectos de músico y a cuidar a mi abuela. Ella no estaba del todo mal, pero había que hacerle la cama y el tipo de cosas que requieren un mayor esfuerzo físico. El doctor le había prohibido cualquier agitación, ya sea física o nerviosa. El corazón de ella estaba estable, pero comenzaba a latir en menor medida al transcurrir los años. Por ello nos mudamos a un departamento en Ñuñoa, en un primer piso. De esta forma ella no tendría que esforzarse en las escalas o tener que cuidar del patio. Con la diferencia de la venta de la casona antigua, compramos aquel lugar y un piano de cola profesional. Mi sueño hecho realidad.

En aquel piano pasaba más de la mitad del día ensayando y creando nuevas composiciones. Estaba colocado en un cuarto especial, donde, a parte del magnífico instrumento, estaba un piso tapizado en cuero, una estantería llena de partituras y un tocadiscos automático de los años 70. Además, había un pequeño espacio en la estantería con una reducida colección de discos. Help, de The Beatles; Alturas de Machu Pichu, de Los Jaivas y un par de clásicos de Beethoven, interpretados por alguna orquesta europea cuyo nombre no apareció jamás en la carátula del disco.

Para el último año de Conservatorio tenía planeado un sinnúmero de proyectos, sin embargo, el más importante de todos, se volvió un imposible.

diciembre 23, 2009

Extracto de la vida sustantiva 5.

Aquel día volví tarde a mi casa, o quizá demasiado temprano para el cartero, quien sabe. Llegué a un lugar vacío, sin muebles o recuerdos de vidas pasadas, intacto a la memoria de quienes sus pasos chocaron contra el suelo. Con algunas paredes manchadas y otras mancilladas, con cortinas sucias y limpias, con una biblioteca llena de polvo y falta de libros, con una sala del piano sin piano. Salvo por mi habitación y unas cuantas porquerías sin valor, todo lo demás había desaparecido tal como lo había deseado. Sin música, sin libros, sin recuerdos ni nostalgia. La casa permanecía en armonía con mi corazón. El silencio me estremeció al punto de querer gritar y acallarlo, pero mi aire estaba en otra dimensión, buscando la respuesta a tal extraño sentir. Había conseguido mi primer objetivo, ahora necesitaba de una nueva actividad que ocupara mi vasta imaginación.

Al gato no lo pude encontrar. No quería deshacerme de él puesto que había llegado a la casa días antes del fallecimiento de mi abuela, no tenían relación alguna; era un ser libre de recuerdos indeseables. La teoría más posible era que, al haberle pisado la cola, éste haya salido huyendo a la mañana siguiente cuando mi abuela abrió las ventanas para ventilar la casa. Los gatos son rencorosos y muy egocéntricos, buscan lo que les conviene y si no, se mandan a cambiar y, si no encuentran nada bueno, vuelven con la cola entre las piernas a ronronearte las piernas. Manipuladores por excelencia. Salvo los días que se sentaba a escuchar mi música sobre mis piernas, no tenía otros recuerdos del gato, ni siquiera le había bautizado. De haberse quedado un tiempo le habría puesto Beto, como yo le decía a Beethoven cuando era un niño. Sin embargo, dado los acontecimientos recientes, ese nombre estaba prohibido junto con las otras cosas referentes a la música. De ahí su anonimato. Así que el gato cuyo nombre pudo haber sido Beto desapareció junto con las otras cosas de la casa, como un objeto más, sin identidad o dueño que lo reclamase.

Desperté a mediodía por el sonido punzante del timbre (algo que aún tenía que deshacerme) Mientras me trataba de levantar de la cama y, al mismo tiempo, hacerme la idea de que no descubriría el final de mi sueño, me senté, puse las pantuflas y me encaminé al baño, antes de entrar grite hacia la puerta:- un momento por favor, ya abro. No hubo respuesta. Me mojé unas cuatro veces la cara y contemplé pasivamente las marcas de la almohada en mi rostro. Si era alguien importante, no habría una buena impresión, de lo contrario daba lo mismo. Tanto da que alguien salga en pijama con rastros recientes de sueño, a recibir una visita. El ojo mágico de la puerta delató a la mujer que del otro lado esperaba impaciente. Tenía un aire familiar que no puede recordar, pero venía muy molesta, como si yo fuese su pareja y en este momento la estuviese engañando con otra persona. Algo que no podía ser bueno si de un desconocido se tratase.

Abrí la puerta y ella inmediatamente se presentó ante mí:
- Me llamo Francisca Machado, tengo 21 años y pronto me graduaré de Pianista en el conservatorio. Vengo por dos razones.
Mientras ella sacaba un papel de su cartera, se le notaba lo furiosa y claro, el enojo me lo transmitía a mí como si yo fuese el responsable absoluto de toda su desgracia. Yo seguí mudo esperando a que ella terminara su discurso.
-Usted anoche ha presenciado mi práctica secreta, debe saber usted que esta nota no me ha dejado para nada conforme, yo practicaba la composición que me hará acreedora del título de concertista en piano. Sucede que si usted, señor pianista internacional, hace pública esta obra, ya sea una pequeña parte de ésta, mi credibilidad se verá afectada y no me podría recibir como lo he planeado durante todo este tiempo. Como verá esta es una situación muy delicada.
En efecto, la madrugada anterior me había quedado escuchando a alguien que tocaba un piano cerca de mi casa, dejé una nota tipo trabalenguas y luego añadí mi información de contacto. De ella se trataba.
Francisca continuó: espero que como futuros colegas usted respete la autoría de esta pieza.
- No se preocupe por mi, yo no soy capaz de tal cosa.
Muy bien- dijo con un tono más amigable. Ahora que el primer punto está claro, le explicaré sobre el segundo asunto.
Mientras decía las últimas palabras sentí que aquel "segundo asunto" duraría toda la tarde, algo que no podía ser explicado tan sólo en el umbral de la puerta. La invité a pasar y mientras cerraba la puerta le expliqué sobre el porqué de la falta de objetos en mi sala de estar. Francisca se sentó en el suelo "a lo indio" y sacó un cigarro Light de su cartera y un encendedor. Al parecer se había fijado en el único objeto visible: un cenicero repleto de colillas a medio terminar.

Ahora que me he puesto cómoda podré explicarle el verdadero sentido de mi visita, señor pianista internacional.

diciembre 01, 2009

Extracto de la vida sustantiva 4.

Para mi graduación había contemplado un gran acto final. Lo había planeado desde que había ingresado al conservatorio. Mucho tiempo antes de tal magnífico evento, mi abuela falleció y mi corazón con ella. En vez de graduarme de Pianista, me gradué de maestro de ceremonias fúnebres. El acto consistía en la más hermosa de mis creaciones, compuesta a espaldas de todos aquellos que ponían su atención en mí como niños a una juguetería. Mis maestros, familiares, vecinos, nadie sabía de la existencia de dicha melodía. La escribí en mis cuadernos y la hacía sonar únicamente en mi memoria, como si el sonido fuese sólo un detalle que se desprende de la música y no un componente esencial. Aún no le tenía un nombre para tal obra inédita, me imaginaba tocando el piano y luego recibir mi título, pero nunca presentar dicha canción. Ahora que todo ha sido reducido a cenizas, las memorias que tenía de aquella canción sin nombre se han ido para siempre. Bautizar las creaciones es acto importante para todo artista, mientras estas no poseen una denominación, aún son parte del mundo de las ideas y no del real.


En altas horas de la noche practicaba la canción sin nombre en un órgano electrónico, con audífonos, en plena oscuridad. Jamás algo fue tan hermoso y, a la vez, tan mío. Mientras dibujaba las notas en la mayor de las penumbras, recuerdos de mis primeras lecciones de piano deambulaban en mi memoria. Beethoven era quien más se pronunciaba, luego Strauss y unos otros más. Mis manos se acercaban poco a poco al cansancio mientras mis oídos se familiarizaban con el sonido. Al repasar unas cinco veces la canción sin nombre, dejaba todo en su lugar y, a hurtadillas, me dirigía a mi habitación. Pasaba por la sala del piano y dejaba, en el falso que había debajo de éste, las partituras. Nadie más sabía de aquel lugar, el secreto estaba a salvo hasta que llegara el gran día.

La madrugada previa a la muerte de mi abuela hice el mismo procedimiento de las noches anteriores. Esa vez algo cambió, en vez de dirigirme a mi pieza y dejar las partituras en el "debajo del piano", preferí salir a tomar aire y fumar un cigarro en el patio del departamento. Como estaba en un primer piso, las áreas comunes eran para mi un patio de casa, en el cual podía salir en pijamas sin que nadie me dijera nada o hacer ejercicios matutinos. El cielo, las estrellas y la luna palidecían como siempre a esas horas. Los gatos merodeaban el sector y el conserje dormía. Nada estaba fuera de la rutina nocturna. Nada hacía suponer que aquella
mujer caería en mis brazos la mañana siguiente, víctima de un ataque cardíaco. Una vez terminado el cigarro me volví al departamento, dejé entrar al gato y sin querer le pisé la cola, me reí al pensar que uno tiene mala suerte si un gato negro se cruza en el camino, pero si uno se cruza en el camino del gato, ¡pobre gato! Traté de acercarme a éste para hacerle cariño y así enmendar mi error, pero el animal huyó hacia la salita del piano. Ahí tenía un espacio entre las patas del magnífico instrumento. Se quedaba ahí cada vez que yo ensayaba (cuando ensayaba de verdad, el teclado era secreto hasta para el felino) y me acariciaba las piernas mientras yo tocaba. Éramos una pareja perfecta, yo le hacía feliz tocando música y él a mí haciéndome cariño. Para ir a dejar las partituras en el "debajo del piano" tuve que lidiar con un gato enfurecido por la pisoteada recibida minutos antes. Aquel lugar se había transformado en un castillo de cuentos, dónde el dragón era el gato y la princesa se encontraba en el "debajo del piano". Logré escabullirme velozmente y alcancé a abrir, colocar las partituras y luego cerrar el compartimiento, pero no se logro cerrar muy bien, así que empujé un par de veces la tapita. Mientras empujaba, el gato me arañó unas tres veces. Al fin desistí de la seguridad del "debajo del piano", nadie sabía de aquel lugar y tampoco nadie se pone a revisar qué hay debajo de un piano, por lo que no era relevante dejar entreabierta la tapa. Me sobé un tanto la mano y luego me fui a dormir.



noviembre 26, 2009

Extracto de la vida sustantiva 3

(...)El día que vendí el piano de mi abuela estaba lloviendo. Estoy seguro que a ella no le habría importado si aquella acción significaba tanto para mi. Pero no, no sentí nada. Me imaginaba, al deshacerme de aquel último eslavon en mi carrera de músico, una paz propia del final de una guerra, de una interminable idea de victoria sin descesos, sin "casualidades" como suelen denominar las ediciones conservadoras. Al no sentir más que espacio en mi reducido departamento, intenté deshechar todo lo vinculante a las melodías pasadas. Partituras, atriles, discos, fotos de mis conciertos, galardones, premios de oro y de cartón. Todo lo fui quemando lentamente. Las llamas no me confortaron en lo absoluto, mas el espacio en mis recuerdos siguió sintonizando los acordes de todas aquellas canciones de antaño. Barrí los escombros, saqué un par de bolsas de basura y volví a barrer. Rocié con perfume todo aquello que olía a nostalgia, después me sumergí en la tina un par de horas. Cada tanto en tanto volvía a abrir el grifo del agua caliente y mezclaba el agua ya tibia, levantaba el tapón para que el nivel no subiera lo suficiente y de ahí me volvía a recostar y, con los dedos de los piés, colocaba nuevamente el tope en la bañera.

El día que vendí el piano de mi abuela salí sólo una vez del departamento. Saqué las bolsas de basura y las dejé en la bodega del edificio, me lavé las manos cuidadosamente, como si de una gran peste se tratase. Me imagino que algún vecino me miraba cual pájara observando cosas de perros. Miré hacia el cielo, una vez que mi rostro fue empapado por la lluvia incesante, caminé a la salida del recinto y fui donde Rene. Aunque en ese tiempo no sabía aún que alquel lugar llevaba ese nombre. Tampoco sabía de los descuentos de mitad de semana ni la barba entrecortada del barman.

Mientras tomaba una Corona volví a pensar en lo sucedido. Vendí el piano de mi abuela- repetía para mis adentros, como si la repetición incansable de esas palabras produciría un efecto en la realidad capaz de borrar todo lo que, horas antes, había quemado en el patio del departamento. No servía, más trataba de pensar en las capas de las cebollas, más recordaba las notas que emitía ese piano. Los sonidos se dibujaban en mi cerveza como espuma recién servida. La melodía corría entre mis ojos, húmeda y tibia. Miré a mis costados e hice un ademán de tener un algo en mis lentes y aproveché el momento para quitarme las lágrimas. -¡Qué estúpido!- me dije a mi mismo. Nadie me conocía en ese lugar, a nadie le importaba si media cerveza bastaba para hacer llorar a un desconocido. Una sensación de conformidad llenó de improvisto mi corazón. La idea de ser un desconocido me trajo un alivio tremendo y una sonrisa cómplice. Al lado mio se encontraba un señor de mediana edad, tomaba un vodka con tónica y fumaba cigarros fuertes, estaba vestido como todos los otros clientes del local, de ropas oscuras, propias de cualquiera que se diga ser "rockero". Le pedí un cigarro (en realidad tenía ganas de conversar con alguien), el me ofreció uno de su cajetilla y luego me acercó un encendedor.- No son de los que usted estuvo fumando minutos antes- me dijo. Le contesté que se me habían acabado y que sólo quería fumarme un último cigarro, no tenía más intenciones de volver a comprar una cajetilla. Al parecer él se creyó el cuento y, acto seguido, se volvió en su propio eje para seguir mirando la colección típica de licores. Pedí otra cerveza y luego me retiré(...)


(...)De todas las notas del piano recién vendido, había una que no sonaba. Al principio era una molestia, luego se transformó en una clave para la concentración: si era capaz de tocar una nota "mental", entonces, jamás fallaría una "real". Así practicaba las variadas canciones antes de mis actuaciones. En mi mente hacía tocar el piano varias veces, luego tocaba las notas intercaladas y luego, de forma paulatina, completaba poco a poco la melodía. Memorice musical, lo terminé por llamar. Esa nota era un caos si se interpretaba "Moonlight Sonata", puesto que era parte clave. Si algún músico inexperto se aventuraba sin conocer tal desperfecto, de seguro se tomaría un segundo en retomar la concentración, el error sería demasiado evidente.(...)

noviembre 10, 2009

Extracto de la vida sustantiva 2.

(...) Han estado sucediendo acontecimientos muy extraños. Por más que intento encontrar una razón lógica para cada uno de éstos, me es imposible catalogarlos de "obvios y normales".(...)

Siempre me pregunto qué habría pasado si yo nunca hubiese escuchado aquella canción cuando chico. Mi abuela, en las reuniones familiares, juntaba a todos sus nietos y tocaba el piano como si tubiese tan solo dos teclas. Nunca le oí un error o una nota forzada, aquel instrumento era parte de sus entrañas, una extensión natural de su cuerpo. Tocaba a los más renombrados músicos clásicos y, cuando se daba cuenta que nos aburríamos, intercalaba "caballito blanco" o "carrusel". De todos mis primos, fui el único que le pedía que tocara la canción que tiempo después me llevaría a vivir una experiencia aún más armoniosa. "Beto" le decía a mis pocos años, "abu, beto". Aquella señora se rendía a mis súplicas y se sentaba de forma recta, precisa, dominante y con un aire solemne tratando de decirle al piano: de aquí no se te escapará nota alguna sin que yo lo ordene, esto es para mis nietos y fallar no está entre mis planes. Nuestros ojos, llenos de admiración, se abrían de par en par tratando de que éstos también capturasen la fabulosa melodía. Llegué a pensar que la obra era de mi abuela y que ese tal "Beto" era otra persona completamente desvinculada a tal magno acto. Al crecer las notas de mi abuela fueron callándose. Al morir, la única canción que se escuchó durante la ceremonia fue "Moonlight Sonata".

Nunca sentí necesidad por escuchar nuevamente esa canción. Nunca retomé las clases de piano ni volví a visitar el cementerio donde sus restos yacían en silencio. Mi canción favorita murió junto con ella, en aquel día nublado de otoño de 1999.

Dos días antes del funeral, ella lucía una salud implacable, digna de una mujer vigorosa y llena de proyectos a futuro. Me fue a visitar al conservatorio varias veces a mis examenes de piano y clarinete. Nunca le pude explicar bien porqué había elegido el clarinete como segundo instrumento, le decía cosas vagas, que el piano era para tocar en solitario y que el clarinete era por si me interesaba ser parte de una orquesta. En realidad nunca fui parte de un colectivo musical, nunca terminé mis estudios ni me dedique a la música. Ella me fue a ver con mucho entusiasmo, era mi examen de fin de año y me quería lucir con aquella canción que tantas veces me había dedicado. Luego de tocar las canciones requeridas para el examen, los distintos ejercicios y cosas varias, le pedí a mi profesor si podía salirme unos 10 minutos del programa establecido. El me miró con unos ojos muy extrañados, (quizá me quería decir que esas no eran formas de pedir un descanso para ir al baño) lo pensó un momento y le preguntó a mis compañeros si les molestaría que el examen se retrasara. Ellos, como todos los estudiantes, se alegraron por la noticia y salieron corriendo de la sala a fumarse un último cigarro, así también lo hizo el resto de las personas que presenciaban el concierto, menos mi abuela. En ese momento me acerqué al hermoso piano de cola que jamás volví a tocar y, mirando a mi abuela, comencé a tocar Moonlight Sonata.

Aquella canción la volví a tocar dos días más tarde, en un piano casi de utilería que me pudieron conseguir para la ceremonia en la iglesia. A pesar de la falta de un par de cuerdas, del visible deterioro de los pedales, y de la poca acústica que tenía aquel recinto, logré armonizar el silencio de su fallecimiento, con el corazón de todos quienes le habían escuchado. Mis tíos, primos, familiares perdidos en el árbol genialógico, entre algunos desconocidos que después no lo fueron, me agradecieron uno a uno la gentileza de haber tocado aquella melodía que a todos traía buenos recuerdos. Una niña de doce o trece años, de larga cabellera rubia, de ojos negros como el carbón y una sonrisa penetrante, se me acercó e intentó decirme algo. Mientras yo recibía los agradecimientos de mi familia, sentí que me agarraban de la camisa, tironeando hacia abajo como si se tratase de un niño que apenas sabe hablar. -Disculpe señor-del-piano, hablaba entre cortado, como si tartamudease por algún estado anímico atípico.(luego me di cuenta que estaba en una iglesia, celebrando el funeral de mi abuela y no en uno de mis conciertos). ¿Usted ha estudiado mucho el piano para tocar esa canción?- la voz se serenaba palabra tras palabra.- Me ha quedado gustando mucho aquella canción, espero que algún día pueda tocarla como usted. Le quedé mirando unos instantes y luego le contesté con una dulzura que sólo se puede tener por desconocidos en ese tipo de circunstancias.- Cuando la hayas aprendido, seré yo quien te busque para felicitarte, ahora con tu permiso, la ceremonia se dirige a su clímax. Me acerqué al ataúd y tomé una manilla, dos tíos y tres primos hicieron lo mismo y encaminamos el cuerpo a su destino final.
Cambienla por otra ¿Otra? Sí, y de las mismas